Eran los días de la guerra civil española, año 1936. El Frente Popular había liberado a los presos comunes y había repartido armas entre la población así que, en consecuencia, grupos armados de milicianos y delincuentes ejercían la represión contra todo aquel que no pensara como ellos o a quienes odiaban por causas personales. Una de las responsables de los males de la sociedad, según la doctrina de la lucha de clases, era la Iglesia y esa fue la excusa para la destrucción de conventos, imágenes religiosas y la torura y asesinato de religiosos.
En aquella situación, el Equipo de Gobierno del Instituto de las Hermanas de la Doctrina Cristiana, aconsejó a éstas disolver las comunidades y buscar refugio en casa de familiares y amigos. Las hermanas que tenían cargos de responsabilidad y las que, por diferentes causas, no pudieron ir con sus familias, quedaron en la Casa General en Mislata, de la que pronto tuvieron que salir para refugiarse en un entresuelo de la Calle Maestro Chapí, de Valencia, actualmente calle Almirante. En aquel piso, eran visitadas, con frecuencia, por los milicianos que las sometían a registros e interrogatorios. En una de estas visitas se ofrecieron a trabajar por los milicianos y con lana requisada les tejieron veinte jerséis.
Por otra parte, en Carlet, dos hermanas fueron encarceladas el 19 de septiembre de 1936. El 26 del mismo mes dejaban la prisión para ser conducidas al “Barranco de los perros” en el termino municipal de Llosa de Ranes (Valencia) desde donde fueron despeñadas por defender su fe, por no renunciar a ella.
El 20 de noviembre de ese año, se presentaron un grupo de milicianos en el piso donde estaban refugiadas las hermanas con una orden de detención, y en un vehículo fueron trasladadas al picadero de Paterna donde las fusilaron contra el propio muro del recinto. Eran 15 hermanas de la Doctrina Cristiana, una religiosa Clarisa capuchina y su hermana viuda.
Entrenadas como estaban en la fidelidad diaria, el momento decisivo las encontró preparadas. Con sus hechos y palabras mantuvieron el tono evangélico con el que habían vivido.
El día 1 de octubre de 1995, fueron beatificadas en Roma, en una solemne Eucaristía presidida por el Papa Juan Pablo II. El testimonio de su muerte es un ejemplo de valor y fidelidad a Jesucristo y sus enseñanzas.